hoy

Si me dejaran hablaría de los libros como quien pronuncia desaforado las palabras de un idioma extinguido. Menos me importa la gente y sus mezquindades cotidianas que una oración no anunciada, una simple palabra articulada en el ritmo de una frase como la nota que concluye un acorde, una confesión falsa que habla con más vida que la voz de esas pálidas sombras que me circundan día tras días. Para qué gastarme en oír trivialidades, lugares comunes, bromas de mal gusto, prejuicios, consejos maliciosos, redundancias, confesiones serviles, promesas ambiguas; en fin, todo ese pobre arsenal retórico que constituye la conversación corriente. Prefiero la exagerada mentira de un Miller, la irónica sutileza de un Kierkegaard, la presunta perplejidad de un Kafka, la devoción incendiaria de un Berdiaev, un Chestov, una Santa Teresa de Ávila, un Ciorán, la severa concisión de un Epícteto o un Marco Aurelio, la prometeica arrogancia de un Nietzsche. Con tanta energía devorándome el alma, me pregunto, cómo preocuparme todavía por los otros.

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