una declaración de principios

Estoy convencido de que la época de lo confesional se terminó. O en todo caso hoy ya no parece importante. ¿Qué sentido tiene conocer la intimidad de otro cuando finalmente uno descubre una vez tras otra que no queda ya nada de original o de extraordinario en ella y más aún: esa intimidad es -hasta en el detalle más trivial- idéntica a la de uno? Ha llegado el fin de los anónimos vicios o de los insospechados padecimientos que se develan. A la larga, al enseñarnos sus secretos, los demás demuestran ser tan vulgares como uno mismo. Tanto o incluso tan poco.

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