tres escenas amorosas

1
Persiguiendo el sendero de ladrillos que elude el invernadero un hombre maduro y una muchacha. De la nada la muchacha se detiene en mitad de una rebanada de sol. Preocupado, el hombre inquiere. La muchacha recoge brevemente el borde del suéter, por un instante le demuestra la aureola roja que le enciende el costado del vientre. El hombre medita, luego insiste. La muchacha procura arremangar el suéter otro poco más arriba que la última vez. El hombre aproxima un dedo para delimitar un contorno posible aunque no se anima a tocar.

2
Tendidas del lado de la sombra dos muchachas. Una de las dos es casi albina y mantiene los ojos apretados: sin dudas es extranjera. La otra murmura un inglés con un acento falso. Por momentos ambas callan. La extranjera sonríe, espera como quien junta coraje a la orilla de una decisión inminente. Pero la resolución queda siempre en suspenso, se desenreda en otra conversación sin sustancia, parece que no va a llegar nunca.

3
Sentados en el banco al borde del camino de ladrillo un matrimonio de ancianos. Se apretujan uno contra otro con la misma ansiedad torpe y temblorosa de dos adolescentes. El viejo deposita flojamente un saco encima de su regazo bajo cuya sombra la anciana se apura a orientar su mano ávida. La anciana recuesta entonces su oreja memoriosa contra el hombro del viejo. Y el viejo por su parte indaga aquí y allá con ojos atemorizados. Mientras que al amparo del saco un tumor prospera y se sacude despacio lo mismo que el embrión de un animal inidentificable.

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