nadie es inocente

Solamente nos queda ya el mecanismo del gesto, la repetición de la ceremonia. Doblados por la memoria de una carga que fue ficticia tropezamos en el camino de ascenso con el mismo escarnio inofensivo, la misma burla carente de gracia. Empujados por el aburrimiento nos arrastramos hasta el cadalso. A falta del acicate de un verdugo o de un populacho trepamos de buena gana nuestra cruz desnivelada. Y allí, ya sin nada mejor que hacer, nos abandonamos al bostezo y soñamos con herejías y renegaciones improbables.

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