hay un día

Permítanme que adopte un tono confesional. Creo que saben cuánto me desagrada. Aunque lo más triste no es esto. Sino que, por mucho que me esfuerce por ser franco, al final lo único que conseguiré es hacer literatura. Y esto es mucho peor que mentir o componer una escenita de histeria para mi público privado.
Hace unos días volví a escuchar por primera vez Nirvana. Quién sabe por qué. Quizá porque me sentía limpio. Como unido de pronto a ese orden que me es ajeno desde que nací pero que me señala, desde otra dimensión inaccesible, las coordenadas de mis indecisiones. Y no sólo eso: también mucho más que no tengo ganas de confesar ahora.
Pues bien: me sucedió eso. Volví a escuchar Nirvana. Y lo que se despertó en mí esa siesta germina ahora como los tentáculos pacientes de una hiedra.
Había una pureza en esa voz que ya no existe. En ese desaliño y esa desprolijidad deliberadas. Una forma de rebelión que intentaba demostrar por contrapartida que las cosas no están en su lugar correcto, tal como cada letrero, cada slogan, cada semáforo, cada ícono, cada titular indica. El orden verdadero es cuestión de fe, no de leyes ni de imperativos.
De este modo Kurt Cobain se convirtió en un nuevo Cristito. Se dejó crecer la barba y el pelo. Se vestía con aquello que los otros desechaban. Y lo que decía a veces no tenía mucho sentido: él era apenas todo disculpas. Y lo cierto es que tampoco importaba demasiado, porque el inconveniente no era ese: el real inconveniente era que se decía demasiado. Hoy de hecho, se dice más que nunca. Hay demasiada explicación, demasiada hermenéutica, demasiado manual de instrucción en el universo de lo cotidiano.
Cobain se suicidó hace ya muchos años. En algunas culturas este acto otorga nobleza a quien lo practica. Los gurúes seculares de nuestra gran civilización (perdón, quise decir: nuestros señores empresarios) lo convirtieron en la estampa de una remera. Sin embargo también esa imagen se ha desgastado bastante. Sin embargo a veces me pasa que me cruzo con alguna así de desbaratada, tan llena de agujeros como era al principio, arrugándose en el pecho de un adolescente desgreñado. Y entonces comprendo que, a pesar de lo que se pierde, hay cosas que se conservan. Que las banderas mejores son las que ondean al final llenas de mugre y de hilacha. Que la derrota, cuando se sostiene hasta el último suspiro, el último verso, el último cartucho, concede nobleza.
Y ojalá ahora mismo tuviera a mano a Whitman para citarlo como corresponde. Quien si no él pudo cantar también a los fracasados diciendo, más o menos esto: “Yo canto a los derrotados, a los vencidos, a los caídos en la lucha. Se necesita mucha fuerza para la victoria. Pero yo digo que se necesita aún más para caer derrotado.”

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