en torno al fuego antiguo

Vivo hace cuatro años en Buenos Aires. Desde el día en que llegué hasta hoy he recorrido un camino que, si lo comparo con algo, debo admitir que se parece a esas huellitas que se dibujan a los costados de las rutas, que a ratos copian el camino hasta que empiezan a serpentear, a encapricharse, y finalmente se desdicen o extravían sin noticia. Para el que corre sobre la ruta esa senda puede parecerle indescifrable. Pero no por ello significa que carece de sentido.

Ayer a la noche fue la primera vez que recité textos míos aquí en Buenos Aires. Hasta el instante en que comencé a leer no sabía bien de lo que yo sería capaz. Con Pablo habíamos ensayado hasta alcanzar un nivel que consideramos respetable. Aunque era de esperarse (confieso que yo era el primero que así pensaba) que tartamudeara o me quedara mudo a mitad de una lectura. Sin embargo, el hecho de estar de pie ante un público, la posibilidad de mostrarme bajo la máscara de mis propias palabras, reanimó en mí una energía inesperada. Esa vehemente energía con la que una vez encendí la hoguera que por un memorable tiempo fue mi casa (y también la de muchos otros) y que llamé LOGOMAQUIA. Sorprendí, por lo tanto, a todo el mundo. Y también fui sorprendido.
Hubo magia. Hubo milagro. Esa medida fascinación soberanamente establecida por cada palabra pronunciada. Por un momento casi eterno me convertí en el anciano de la tribu. Y se me permitió en un silencio venerable transmitir una sabiduría que no es de mi propiedad, sino más bien una gracia que recibo por la epifanía de la belleza de este mundo. Y que, por ese mismo privilegio que se me concede, tengo el deber de comunicar a todos los que pueda.
No sé que vendrá a partir de ahora. Todavía tengo el resabio de esta felicidad en los labios. Sé que el sabor de lo cotidiano volverá a imponerse de a poco y que tendré que luchar por encontrar su costado menos insípido. Me importa poco sin embargo. Aquel instante ha bastado para iluminarme. Descubrir lo que despierta en un rostro desconocido aquello que uno escribe justifica hasta la penuria más amarga. Hablan con la razón los que dicen que una dicha semejante no puede mencionarse con palabras.

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