las trampas de lo cotidiano

Cada época posee el laberinto que merece. Creta adquirió su fama por haber edificado aquel que fue impenetrable entre todos los demás. A tal punto que, de no haber sido por Ariadna, quién sabe, quizá Teseo hubiese terminado por ocupar el lugar del Minotauro.

Por nuestra parte nada tenemos que envidiar a los cretenses: nuestra capacidad de invención no es menos complicada. Lo cotidiano es, de hecho, esa ambigua arquitectura en la que nos enredamos día tras día. Y en la que uno prefiere ya desorientarse con desgano y hasta con obstinación.

Sin embargo, no todo está perdido. En la oficina, a fin de no extraviarnos más de la cuenta —por dar un ejemplo— organizamos filas interminables para imprimir reportes de averías. Cada tanto la impresora se interrumpe. Y en consecuencia, a quien por azar se hallaba hasta entonces recibiendo su reporte, le corresponde adivinar el motivo de ese obstáculo.

En ese momento hay quien obra como Teseo, encarando como puede semejante prueba sin pronunciar una sola palabra. Pero hay también quienes, lo mismo que Ariadna, devuelven a la trampa inesperada un inesperado enigma.

—¿Te das cuenta? —me dice en ese caso Daniela como si devanara, harta de ello, un nuevo ovillo dorado—. A mí me toca cargar siempre el papel de la impresora… ¡Lo mismo que el papel higiénico del baño!

A Daniela, que me propuso el desafío

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