breve historia de la filosofía sin gusto

Por lo menos hasta Platón hubo entre los griegos clara conciencia de que un argumento no sólo se apuntalaba en la veracidad de su planteo sino también en la belleza con que se lo expresaba. Y si bien en su polémica contra los sofistas él se escudaba tras el arsenal de la razón, no por ello dejaba de escribir con estilo. Con Aristóteles es cuando se comienza a asistir a la exposición del argumento, la desnudez del mecanismo de demostración. Surge con ello la excusa de la claridad como su correlato. Y con ello la falacia de que el estilo, si no contribuye con la amabilidad del razonamiento, más bien lo oscurece. La belleza es entonces acusada de peligrosa, repudiada del discurso filosófico y circunscrita a los estrictos límites de lo poético. Pero la razón —pasión tan carnal— no es puro mecanismo. Así como tampoco la belleza —aspiración que no es de este mundo— es mero placer. En efecto: en los campos del misticismo (Plotino, Pseudo Dionisio, Juan de la Cruz, Teresa de Jesús) solían acoplarse y rehusarse la una a la otra con rabia, lo mismo que dos amantes clandestinas. Con distinta suerte hubo, en lo que duró esta árida disputa, numerosos intentos de reconciliación (San Agustín, Sade, Shopenhauer). Pero que culminaron, la mayoría de las veces, en tristes desaciertos (Tomás de Aquino, Kant, Hegel): al final hubo que esperar hasta Nietzsche —o mejor dicho, Zaratustra, maestro de estilo en el idioma más ásperamente filosófico que existe— para que, nuevamente, una idea no necesitara mostrarse sino más bien, probarse.


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