Corrientes, escena 1

Miércoles, tres de la tarde, frente a la escalinata del Cementerio San Juan Bautista. El sol hierve y somos parte ya de ese caldo en el que los muros de ladrillo se reducen pacientemente hasta el hueso. En esa luz áspera, que prohibe la sombra, todo parece olvidado. Nosotros la traspasamos sin embargo, temerariamente. Y entonces, por entre los resquicios que admite algún umbral polvoriento o una persiana de madera en ruinas, se asoman los ojos escandalizados de los que la eluden. La siesta en Corrientes es un infierno que no está vacío sino más bien paralizado. Y nosotros, al atravesarlo, pecamos de soberbia. Lo mismo que aquellos que se adentraban en ese mundo sin haberles llegado su hora.

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