ruidosa juventud sónica

 
Cuando arrancó a tocar Calle 13, buscamos lugar yendo de un lado al otro del campo pero no lo hallamos. Estábamos desahuciados. Creímos quedar a expensas de las pantallas que trasmitían lo que se les antojaba. Nos decidimos entonces a pasarnos al campo contiguo para esperar a Sonic Youth. Pero desde allí descubrimos que se veía el escenario sin problemas y que el sonido no era tan malo como en el lugar del fondo donde antes penábamos. Comenzamos entonces a saltar y a festejar con cada arenga que Residente nos soltaba. Aunque noté algo extraño, sin embargo. En este lado del campo había comenzado a reunirse el público que esperaba a Sonic Youth y, mientras que algunos se sentaban en el suelo formando círculos cerrados, otros levantaban la cabeza como nosotros y prestaban un poco el cuerpo a la música. Los que bailábamos demarcábamos así una especie de frontera que explica mejor que nada esa colorida duplicidad que somos: ya no nos da ninguna culpa de qué lado del campo estamos ni qué clase de música (o de literatura, o de moda, o de educación) seguimos, porque llevamos en la sangre tanto de Calle 13 como de Sonic Youth. Así como llevamos también tanto de Foucault como de Kusch, tanto de Revolución Francesa como de Tucac Amaru, tanto de Balzac como de García Márquez. Me hizo feliz comprender una vez más que somos bien mestizos y que ya es tiempo de que ello nos de gusto.

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