sinvergüenza

El trote como práctica aeróbica tiene algo de absurdo. De hecho, es como correr sin objeto, escapar sin saber de qué. Cada vez que Brandon sale a correr, oprime play en su ipod y deja que fluya la música de Bach, intrincada y laberíntica como su propia conciencia: nada mejor para ejemplificar el mal de la época y el origen de la vergüenza con que la intimidad acabó por convertirse en un pecado inexpresable. Porque hoy es más sencillo (y menos vergonzoso) entregarse a la pornografía que al amor. De allí que corra de un lado a otro buscando saciar su lujuria. Y más tarde, recorra las sucesivas cicatrices en la muñeca de Sissy como las teclas de un piano barroco. Porque la soledad de nuestros días es inconfesable.

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