lincoln desencadenado

Nunca vimos a Daniel Day-Lewis. Él era solamente una trampa publicitaria. En realidad, estaba  encerrado dentro de una de esas armaduras que los griegos construían para representar a sus dioses en el teatro trágico: era un auténtico deus ex machina. Porque su Lincoln está hecho de bronce: un bloque impávido y atemporal que convierte en historia todo lo que toca. Nada de lo humano le es propio. Igual que un ángel, está siempre rodeado de luces, de resplandores, de un brillo que lo vuelve etéreo y misterioso. Nunca se lo ve atravesar una puerta o anunciar su presencia: le vasta con su voluntad (y los viejos trucos del cine) para manifestarse en medio de la gente. Jamás dialoga con nadie porque él habla sólo con la verdad. Más aún: enseña por medio de parábolas e ilumina así la conciencia de los hombres que lo rodean, tan empañada de la temporalidad y las nimiedades políticas de su siglo.
No creo equivocarme al afirmar que Lincoln es la mejor demostración de lo que el genio de Spielberg es capaz: consiguió transformar a uno de los actores mejor dotados de nuestra época en un pobre títere con barba. Gracias, Steven. Menos mal que Scorsese y Paul Thomas Anderson se animaron con Day-Lewis antes que vos. Si no, qué triste hubiese sido tener que recordarlo también por tu culpa.

  

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