donde hubo fuego

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Leí Fahrenheit 451 hace unos cuantos años y no quedé muy convencido. Hace unos días tuve la posibilidad de revisarla en su idioma original para una clase en el instituto. La impresión que me ha quedado es la de haber leído un texto de propaganda. En efecto, Bradbury intenta hacer una defensa de la libertad de conciencia y de expresión. Para eso, elige dos objetos para encarar su guerrilla: el libro y la televisión. El libro es el símbolo de la cultura clásica por excelencia y, como tal, representa el elemento peligroso. La televisión, en cambio, se muestra como un medio masivo que no aspira más que al entretenimiento y el control de las conciencias. El libro es libertad; el televisor, opresión. Esta contraposición, que a simple vista parece tan evidente, resulta sencilla de desmontar leyendo a McLuhan (Cfr. Understanding media, The Gutenberg Galaxy). Hoy por suerte somos menos inocentes y tenemos bastante claro que el medio es el mensaje y que Mein Kampf no fue una telenovela: también fue, para desgracia de los terroristas de la cultura bibliográfica, un libro.

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El tercer elemento que elige Bradbury para entablar su defensa es la bomba atómica, pero de eso mejor ni hablemos. La guerra está tan metida con calzador en la historia que la bomba parece más bien un deus ex machina arrojado al boleo para cerrar un relato donde todo ocurre como pretexto para invitar a la reflexión moral.

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Y los personajes: ¿qué decir de esos monigotes que andan por ahí sueltos al servicio de la denuncia? Montag, miembro del brazo ejecutor del poder gubernamental, se cruza con una romántica de manual y su delirio quijotesco es argumento suficiente para que él se decida a subvertir el orden al cual sirve. La mujer de Montag es una de esas amas de casa típicas de los años dorados que adora su televisor, su licuadora y sus pastillas antidepresivas sobre todas las cosas. Los que memorizan los libros son quizá el hallazgo más interesante. Pero por encima de todos ellos se levanta Beatty: el capitán insobornable que conoce los libros mejor que ningún otro y que sabe que el mensaje es también un medio. Por eso es capaz de citar a Pope y a Shakespeare para burlarse de la cultura que el propio Bradbury intenta defender. Beatty es, sin saberlo, el verdadero adelantado, un auténtico post-alfa avant la lettre.

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Creo que ya va siendo tiempo de emprender lecturas menos condescendientes para ciertos clásicos. El brillo que conserva Fahrenheit 451 quizá no sea más que fruto del prestigio académico o del respeto reverencial antes que de su propia valía como obra literaria. Si alguna vez hubo calor, me parece que el paso del tiempo se ha encargado de enfriarlo.  

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