8 1/2 maravilla

The Hateful Eight es la muestra de las virtudes y los defectos de la obra de Tarantino. En efecto, la película suena como la obra de un extraordinario compositor de música de cámara que se encapricha en componer sinfonías: sobra demasiada orquesta para una composición que, de ser concisa (y aquí pienso la concisión como sinónimo de Reservoir Dogs), sería una obra maestra. A veces da la impresión de que Tarantino teme que su música no se escuche y entonces la sobrecarga de manera wagneriana a fin de concederle volumen. Es cierto que su exceso se ha convertido en estilo mediante este procedimiento. Aunque no me refiero a la exageración de la violencia o del sentido de la verosimilitud, joyas heredadas de las producciones clase B de los años 70, de la época dorada del VHS y (por línea más directa pero también más velada) del cine ultraviolento del joven Scorsese. Hablo más bien del exceso técnico que lo arrastra a construir una película con aires de grandiosidad visual pero con una mirada de director independiente. Pareciera que Tarantino renegara de sus tutores y jugara ser Leone. Y de este modo, su octava maravilla acaba convertida en un capriccio delicioso cuyo único pecado es el virtuosismo.

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