there are more stranger things

La ultimísima serie de Netflix, Stranger Things (Hnos. Duffer, 2016), convierte en un género las virtudes y los defectos estéticos de una década: los años 80. Más que con un argumento, su trama está tejida con referencias de películas, series, peinados, juguetes, máquinas, automóviles, publicidades y tics de esa época. El resultado es una historia diez mil veces contada pero que atrae no por ello, sino por la pátina de anacronismo que esa intertextualidad abrumadora le otorga. Es una forma pop de jugar el juego de Pierre Menard: no imitar lo que ET y Los Goonies ya contaron, sino escribirlo ahora a la manera en que se habría contado en esa época. El resultado es una serie que rinde culto excesivo (bordeando lo obsecuente) a una década y no por medio del hallazgo estético sino apelando más bien a la pura nostalgia. No digo que sea mala: gusta, gusta bastante. Pero el recurso de insistir en que todo es referencia se vuelve algo cansino y quizá puede provocar empacho al estómago que disfruta de la intertextualidad menos evidente.

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