enter the void

El terror de The Void (Jeremy Gillespie y Steven Kostanski, 2016) abreva en el estilo de los VHS de los años 80: elabora una atmósfera inquietante apelando al recurso de las luces de neón, de los sintetizadores, de la imaginería del terror pop con aires de Lovecraft, de los tentáculos de látex. Incluso le propone al espectador que adapte la norma de verosimilitud actual a los canones de la etapa dorada del videocassette. Porque en efecto, la suspensión de la incredulidad de nuestros días quizá halle ciertos desaciertos de guión que le resulten inaceptables. No obstante, si uno se presta a este pacto fáustico, la película le concede a cambio una experiencia del terror que resulta rara de hallar en las producciones del género de estos últimos años.  En esencia, The Void es un viaje al horror clásico que desencadena una extraña catarsis: compone una combinación de lo siniestro y de lo sobrenatural que no sólo consigue espantar al espectador, sino que además resucita en su espíritu el horror primordial que sintió con Hellraiser (Clive Barker, 1987), con Re-Animator (Stuart Gordon, 1985), con The Thing (John Carpenter, 1982), con The Fly (David Cronenberg, 1986), luego de alquilarlas en el videoclub.

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