David Lynch y el eterno retorno

En relación con su obra, David Lynch debe ser uno de los artistas más honestos de estos últimos tiempos. Abandonó su retiro para hacer una nueva temporada de Twin Peaks, una serie que allá en el 89 la vio todo el mundo pero menos de la mitad entendió de qué iba (en aquella época la veía los domingos a la noche con mis viejos y lo que más se preguntaban era con qué cosa rara se iban a encontrar en cada capítulo nuevo). Sin embargo, cuando hace unos días le volvieron a preguntar si volvería a hacer cine, contestó que no tenía más nada para decir. En este sentido, más allá de la pena que le embarga a uno saber que (quizá) no habrá más nada después de Inland Empire (2006), lo cierto es que sus filmes siguen contando nuevas historias y revelando nuevas facetas cada vez que uno las ve. A mi modo de ver, la mejor metáfora del cine de David Lynch lo representa Lost Highway (1997): su inicio también se puede interpretar como su final ya que, una vez que uno se adentra en ese universo, acaba atrapado en un bucle infinito.

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